¿Estás esperando que el otro cambie? La promesa del renacuajo


CUENTO: La promesa del renacuajo

Un cuento de amor entre una oruga y un renacuajo. Me gusta todo de ti —dijo la oruga—. ¿Me prometes que nunca cambiarás? Pero todos sabemos que los renacuajos se transforman, y las orugas también…

Fuente: LA PROMESA DEL RENACUAJO | Jeanne Willis | Editorial entreDos | Casa del Libro Colombia


RESUMEN DEL EPISODIO


Las decisiones hay que tomarlas desde la libertad, y no desde la esperanza.

¿Estoy tomando una decisión con la esperanza de que algo cambie? O, ¿libremente tomaría esta decisión incluso si supiera que las cosas como están ahora nunca fueran a cambiar?

En una relación, si una persona está haciendo algo que le molesta a la otra, para que esa relación tenga futuro, una de las dos tiene que cambiar. O se deja de realizar el comportamiento molesto, o se cambia la forma de ver ese comportamiento.


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


¿Alguna vez te has quedado esperando que las cosas mejoren o que alguien cambie?

Te voy a contar un cuento. Es un cuento de amor entre una oruga y un renacuajo.

Se conocieron un día en que la oruga, comiendo, comiendo, comiendo, llegó hasta el final de la ramita que daba por encima de un pequeño lago, y justo en ese momento, un pequeño renacuajo nadó hasta la superficie y se vieron. Se enamoraron inmediatamente, y el renacuajo, que nunca antes había visto una oruga con tantos colores, quedó anonadado. ¡Wow! ¡Qué perfecta eres! le dijo. Y la oruga se sintió muy feliz porque a ella le gustaba sentirse perfecta.

¡Pero tú también! le dijo la oruga al renacuajo. ¡Me encantas! ¡Eres tan distinto a mí y eres perfecto así! Mañana volveré para que nos volvamos a encontrar. Prométeme que no vas a cambiar para poderte reconocer.

Pero por supuesto, dijo el renacuajo, ¿por qué habría de cambiar? Te lo juro, no cambiaré nunca.

El pequeñísimo problema de hacer promesas que uno no puede cumplir. Muchas veces uno ni sabe que no puede cumplirlas. Por eso a veces puede que sea mejor no hacer promesas y ya.

En todo caso, si sabes algo sobre los renacuajos, es que cambian. Y al principio todo estuvo bien, todos los días salía la oruguita, subía el renacuajo, eran felices, pero un día llegó la oruga y el renacuajo estaba escondido. Cuando finalmente ella lo vio, le dijo, ¿qué estás haciendo? Estás como raro.

Y él avergonzado le dijo, no te enojes conmigo, es que no sé qué pasó, pero, pero mira… y tenía dos patitas.

¿Qué es eso? Dijo la oruga. ¿De dónde te salió eso?

Yo no sé, yo no sé, yo no sé por qué me pasó, no quise.

¡Pero tú me prometiste que nunca ibas a cambiar!

Lo sé, no sé por qué las tengo, pero perdóname, sí, por favor, esto no sé cómo ni por qué pasó, pero te lo juro, no volverá a pasar.

Ay, yo no sé, dijo la oruga, me juraste, y ahora no sé si puedo confiar en ti.

Por favor, perdóname, no volverá a pasar, te lo prometo, te lo prometo.

Está bien, te perdono.

Pero al poco tiempo, cuando volvió la oruga, al renacuajo le habían salido otras dos patitas.

No, otra vez me traicionaste, tú prometiste que no ibas a cambiar. Y mira, mira, ya casi ni te reconozco, ¿cómo sé que todavía me amas? Si puedes cambiar así, ¿cómo puedo confiar que tu corazón sigue igual?

No, no, no, mi corazón sigue igual, te lo juro, te lo prometo, por favor, por favor, no me dejes. Ahora sí, ahora sí puedes estar completamente segura de que no volverá a pasar, te lo prometo, te lo juro por mi vida, no volveré a cambiar nunca.

Pero si saben algo de los renacuajos, es que cambian. Y al rato, cuando volvió la oruga, el renacuajito ya no tenía cola. Y esta vez no valieron las súplicas y los llantos, esta vez la oruga estaba furiosa y tenía el corazón partido, porque esta vez sí decía que no tenía cómo confiar en él.

Así que se fue, se fue hasta la rama más alejada del árbol, la más alta. Solamente quería llorar, esconderse del mundo. Así que se envolvió en un capullito y lloró hasta quedarse dormida.

Y durmió y durmió y durmió. Y cuando al fin se despertó, quién sabe cuántos días después, ¡ay! Había engordado. El capullo ya le quedaba muy apretado, muy estrecho, y ella intentó moverse, salirse, pero no, tuvo que empezar a romper, empezar a luchar hasta que finalmente logró rasgar ese capullo y salir.

Ay, estaba tan cansada y se sentía tan frágil que simplemente se quedó parada, tratando de recuperar un poco el aliento, cuando de repente vino una ráfaga de viento y se la llevó al aire. La levantó, la empezó a revolotear y ella, tratando de moverse, pensando que iba a caer, descubrió que tenía alas. ¡Qué maravilla! Alas hermosas, con todos los colores del arcoíris que brillaban con el sol, empezó a batir las alas y vio que podía volar, volar, volar.

Empezó a dar vueltas por el árbol. ¡Ay, qué maravilla! Ahora podría ir directamente a la lagunita y darle un beso a su renacuajo. ¡Ay! ¿Qué diría cuando la viera tan transformada, tan... Su renacuajo.

¡Ay, no! Ella la había terminado, lo había dejado, lo había acusado de haberle roto su promesa por haber cambiado. Pero mira, ella también había cambiado y no lo había hecho de aposta. Simplemente sucedió sin que se diera cuenta. No lo había podido evitar, pero su corazón seguía igual. Ella lo seguía amando a él. No, qué terrible, qué cruel había sido ella con él. Él había dicho que no había querido cambiar y le había dicho que todavía la amaba. ¿Cómo lo había puesto a hacer una promesa tan estúpida? Si el cambio no era algo que necesariamente controláramos, lo tenía que encontrar, le tenía que pedir perdón. Seguramente la perdonaría porque era generoso y tenía un gran corazón. Y ahora sí, podrían estar juntos por siempre. Ella no tendría que estar pegada a su ramita. Podría bajar hasta él.

La oruga, o bueno, más bien la mariposa voló hasta la misma ramita de siempre y observó la pequeña laguna. Se quedó esperando un rato, pero su renacuajo no apareció. Finalmente, la mariposa decidió que había que preguntarle a alguien y vio una gran rana muy apuesta, muy guapa, sentada sobre una roca tomando el sol.

Quizá aquella rana sabía dónde estaría su precioso renacuajo y la mariposa voló directo hacia él. Con permiso, señor rana, has visto tú a mi…

Pero no alcanzó a terminar su pregunta, porque en un abrir y cerrar de ojos, la rana se la tragó entera, y se quedó sentada tristemente sobre la roca, mirando la ramita, preguntándose si algún día volvería a ver a su amada oruga.

Esta historia a los niños les aterra, les da tanta rabia, se enojan conmigo de una manera. Una niña una vez protestó así gritando, ¡Pero dijiste que era un cuento de amor!

Ay, niña, entre más pronto aprendas que no todos los cuentos de amor tienen final feliz, más estarás preparada para la vida.

Pero los que más les da rabia este cuento son los adultos. Uy, ellos sí que lo odian y siempre quieren cambiar el final. Como adultos, no nos gusta aceptar la paradoja del cambio. Esa paradoja es que el cambio es inevitable y que a la vez nunca está garantizado. Hay padres que no quieren que sus hijos crezcan porque son tan lindos chiquitos. Hay hijos que no quieren aceptar que sus padres ya se están haciendo ancianos y que algún día los van a perder.

Pero muchas veces el problema más grave no es no saber aceptar o afrontar el cambio, sino más bien tener la esperanza de que algo va a cambiar y que no cambie.

Uno en la vida constantemente tiene que estar tomando decisiones, tiene que estar realizando cambios porque, bueno, claro, uno no se queda ahí. Y tomar decisiones desde la esperanza es sumamente peligroso. Hay que tomar decisiones desde la libertad. ¿A qué me refiero?

Por ejemplo, digamos que una chica está enamorada de un chico y este chico le gusta fumar y para ella eso es muy grave. A ella le aterra el cigarrillo. Ella no quiere estar con un fumador. Ella no quiere que él fume, pero él quiere dejar de fumar. Él le ha dicho que está intentando dejar de fumar. Así que a pesar de que a ella la aterra, ella accede a casarse con él con la esperanza de que él va a cambiar, de que ella le va a ayudar a cambiar. Ella está tomando la decisión de casarse con él, se está comprometiendo a algo bajo la esperanza de que las cosas cambien y sean mejor para ella de lo que son en este momento.

Eso es peligrosísimo. Porque ¿qué pasa si él no cambia? Ella no lo está aceptando a él como es en este momento. Ella lo está aceptando a él con una condición y por lo tanto la realidad de él, su presente en este momento, no es aceptable para ella. Y sin embargo, ella lo acepta por esperanza. Y el problema es que uno no es responsable por las decisiones que tomen los demás y uno no puede cambiar a los demás.

Por ahí hay un proverbio que dice uno puede llevar el caballo al agua, pero no lo puede obligar a beber. Y supongamos que para él, bueno, sí, le gustaría dejar de fumar, pero para él realmente no es tan grave. Él no ve el cigarrillo como algo malo. Sí, es un hábito que sería mejor no tener, pero pues no es urgente cambiarlo. No tiene la necesidad real de cambiarlo. De hecho, él ni siquiera quiere dejar de fumar. Simplemente se convenció a sí mismo de que quiere dejar el cigarrillo porque la ama a ella y sabe que a ella no le gusta y sabe que ella no estaría con él si él nunca dejara el cigarrillo. Así que hace el esfuerzo por dejarlo, por cambiar, pero no porque él quiera, sino por ella, porque tiene la esperanza de que si él cambia, pues ella lo amará más.

Pero esto también es grave, porque como no es algo que él necesariamente quiera cambiar, ni vea la necesidad real de cambiar, se puede volver jarto para él que ella le siga recriminando. ¿Bueno, y entonces cuándo vas a dejar el cigarrillo? Que ella le esconda o le bote los cigarrillos. Eso le puede producir enojo, porque es como que me está tratando como un niño. ¿Es que acaso no tengo libertad de tomar mis propias decisiones? ¿Es que ella me quiere controlar?

Y puede que haga unos esfuerzos, pero que después diga ¿para qué? Si ella de todas formas aceptó casarse conmigo, ella de todas formas me aceptó y me quiere. Entonces, ¿para qué tengo que cambiar por ella?

Cambiar por el otro siempre va a ser un problema. Siempre uno tiene que cambiar por uno porque uno quiere, porque uno ve la necesidad, porque uno le parece lo correcto. Puede que el otro lo inspire a eso. Excelente. Puede que el otro lo motive, le ayude, le muestre por qué es mejor cambiar algo y que así uno mismo se convenza. Pero uno mismo se tiene que convencer. Si uno cambia por el otro, tarde que temprano, casi siempre lo va a terminar resintiendo.

Y la persona que te aceptó, pero con la condición de que cambies, pues realmente no te está aceptando por quien eres. Y para esa persona es muy jarto esperar, insistir, alegar. Bueno, ¿cuándo vas a cambiar? Pues y si a la final no cambia, esa relación se destruye.

Tiene que cambiar uno de los dos, pero tiene que cambiar desde adentro porque lo ve como algo bueno, porque lo quiere hacer. Por eso, desde el principio, cualquier decisión que vayas a tomar, tienes que pensar, ¿Estoy tomando esta decisión con una condición, con una esperanza de que algo cambie? Si es así, esa decisión no es una buena decisión. Por lo menos no en este momento, porque no sabes qué va a traer el futuro. Sólo tienes el aquí y el ahora.

Por lo tanto, las decisiones se tienen que tomar desde la libertad. Si miro cómo están las cosas en este momento, aquí y ahora, incluso si nada cambia, si yo supiera que nada fuese a cambiar, nunca, ¿libremente escogería esta opción de todas formas? ¿o no? Eso es tomar una decisión desde la libertad. Si nada cambia, si las cosas siguen como están ahora, aun así libremente las escogería. Si este hombre que yo amo nunca deja de fumar, ¿aun así libremente escogería estar con él?

Y a veces uno es el que tiene que cambiar. No recuerdo dónde leí esta anécdota, pero había una mujer que estaba hablando del tema diciendo que su esposo le encantaba comer pancitos en la cocina y siempre dejaba el piso lleno de migajas y nunca barría. Y ella llevaba como 14 años insistiéndole, recordándole, dejando notas, diciéndole barra el piso, llegando, viendo las migajas en el piso, enojándose, barriendo, regañándolo. Él siempre diciendo Ay, sí, mi amor, lo siento, lo voy a hacer.

Y no era que fuera una mala persona. No sé, simplemente hay personas que son como olvidadizas y nunca se acordaba, nunca se acordaba o no lo veía tan importante o miraba el piso y no le parecía que habían tantas migajas, pero a ella sí.

Se estaba volviendo un problema tan grande que la mujer ya estaba casi que considerando el divorcio.

Pues un día a su esposo le dio un infarto y lo tuvieron que llevar a la clínica y dejarlo allí varios días. Y estuvo luchando por su vida al borde de la muerte.

Y la mujer volvió a la casa para buscarle algunas cosas para llevarle a la clínica. Y cuando entró a la cocina, vio que el piso estaba limpio, que no había ni una sola migaja de pan sobre el suelo. Y de repente se echó a llorar porque la falta de migajas de pan representaban la ausencia de su esposo, del amor de su vida. Y ella de repente se dio cuenta que la ausencia de su esposo le dolía muchísimo más que unas migajas de pan. Y no veía la hora de ver el suelo lleno de migajas, porque eso significaría que su esposo estaba bien, estaba en casa, estaba con ella. Y dijo, no vuelvo a quejarme nunca por las migajas de pan, antes las voy a barrer con alegría.

Y cuando se recuperó su esposo, afortunadamente, y pudo volver a la casa, el día que la mujer encontró migajas de pan en el suelo nuevamente, empezó a reír y barrió esas migajas de pan con una felicidad porque ya se había envuelto un símbolo, un símbolo de que su esposo estaba bien, estaba vivo. Estaba con ella. Y solo eso cambió todo.

Se les desaparecieron los problemas porque realmente ese era el único problema que tenían en el matrimonio. Y honestamente, ahora que ella lo veía desde este ángulo, no era un problema tan grave. Si nada más cambiaba en su matrimonio, ¿estaría ella dispuesta a barrer migajas de pan todos los días? Sí, sí. ¿Por qué no? Libremente, ella escogía tener que barrer la cocina todos los días y ya no lo haría con enojo. Lo empezó a hacer con alegría porque cambió la forma de verlo. Cambió sus ideas al respecto.

No estoy diciendo que uno siempre tiene que aceptar las cosas y cambiar uno. Muchas veces no es bueno cambiar. Muchas veces hay cosas que uno no debería aceptar.

Pero por eso, como el cambio es inevitable, pero nunca está garantizado, ¿qué elijo? Si nada cambia libremente, ¿escojo tomar esta decisión de todas formas? O si me imagino el futuro en donde nada cambia, si me lo imagino terrible, si no me imagino aguantar 10, 20, 40 años sin que nada cambie, pues entonces no me meto ahí. No elijo eso. No puedo elegirlo porque estaría eligiendo desde una condición, desde una esperanza.

Lo que importa es lo que hay en el aquí y el ahora. Si lo que hay en el aquí y el ahora libremente lo elijo, excelente: sigamos a mañana. Y si mañana las cosas cambian, pues entonces miro cómo están las cosas mañana. Y si mañana vuelvo a elegir lo mismo o debo tomar una decisión diferente.

Uno nunca toma decisiones para siempre. Uno siempre todos los días vuelve a elegir. Vuelve a decidir: Me quedo o me voy. Sigo o paro. Esto lo acepto o digo no más. Uno constantemente está refinando y actualizando sus decisiones.

Así que recuerda que las decisiones que tomes vengan desde la libertad y no desde la esperanza. Para que así, ojalá a diferencia del cuento, puedas tener un final feliz.